
Ella rompió su tenso silencio repentinamente como quien toma la determinación de pararse para escapar a toda prisa:
- Quiero una cerveza. Tengo calor. Mucho calor.
Se mordió el lado izquierdo de su labio inferior y agachó la mirada, quizás arrepentida, quizás expectante de una respuesta favorable, el hecho es que ella desde abajo lo esperaba. Le había dado la pelota. Era turno de él.
Él, superado por la ansiedad de ver hecho realidad su plan desprolijo le contestó sin temor. Era tiempo de la última carta. La rueda de la fortuna que ella había echado a rodar con fuerzas estaba perdiendo la inercia y el chiste.
- No tengo cerveza. Pero tengo un beso ¿lo querés?
Por un segundo se sintió perspicaz y efectivo, pero luego, al instante, un imbécil. Un imbécil que dejó de ser especial al conocerla, porque desde ese momento quiso lo que quiere el gran común de los varones. La quería a ella y de la forma más pedestre, de carácter urgente.
Dos vueltas enteras de un disco de Elvis pasaron desde que ella cruzó la puerta del departamento hasta que él se pronunciara valiente (o imbécil). Dos vueltas enteras de un disco de dieciséis grandes éxitos. O sea, treinta y dos canciones duró la ceremonia protocolar. Al parecer ya no había más nada que decir. Al parecer no había otra cosa que hacer. Y al parecer ella tenía muchas ganas de tomar una cerveza o al menos tenía mucha sed. Eso acusó su beso desesperado, su beso solo.
Atónito por el destello de los chispazos que ella lanzaba con su boca-sola y adormecido por la ternura del aroma de su respiración tuvo la necesidad de abrazarla. Abandono la silla y se irguió sobre sus piernas sin separar su boca de la de ella, y ella hizo lo mismo con su silla y con sus piernas. Y así los cuatro brazos hicieron lo mismo al mismo tiempo. Apretaron con fuerza como si quisieran rescatarse el uno al otro de algún mal tan inevitable como la vida. Por diez segundos se rescataron el uno al otro de la vida. Treinta y dos canciones después.
Consciente de la impostergable y cruel ley de gravedad y su recio y eficaz corolario que sentencia para siempre que todo aquello que sube tiene que bajar. Aprovechó él, que ambos se encontraron en pleno vuelo de bautismo y la advirtió con los labios pegados a los de ella que estaban caminando hacia el cuarto de la cama cómplice, la cama donde él en su soledad juntaba millas de vuelo para huir sin previo aviso del planeta. Ella le dio a entender con la lengua y sin despegar los labios, que no existía impedimento alguno que postergue la faena. Es más, ella también llevaba sus ganchos y cuchillas para la ocasión. Sólo que él no se había dado por aludido porque él tenía un lado imbécil que lo cegaba a medias.
Y fue así que, sin óbice alguno, dejaron pasar una vuelta más al disco de Elvis.
Dieciséis canciones duró el periplo de gemidos, caricias y confesiones absurdas. Ella tardó dieciséis canciones en volver de su fuga feliz. Por el lapso de dieciséis canciones ella olvidó que tenía una casa aún tibia, se olvidó de su tortura de dos plazas, de los frascos llenos de excusas y secretos, se olvidó de limpiar del baño sus pelos gruesos que riega por doquier, de los pinceles y espátulas agobiados de esperar lo mejor de ella, se olvidó que a veces respira esa humedad interna que le dan ganas de gritar, de la guitarra rota bajo la cama, de desafortunados escarpines, de la mierda de su trabajo. Ella lo besaba. Ella lo tocaba. Nada más le importó en esas dieciséis canciones. Él usó ocho canciones para demostrarle el porqué ella lo había elegido y el porqué no se había equivocado. La exploró. Besó sus estrías, lo enternecía. Por ocho canciones se dedicó a quererla y a verla sonreír. Las últimas ocho él la cuidó entre sus brazos y sintió como ella se alejaba relajada a ese lugar donde él nunca había estado. Ella sujetó un puñado de él y lo tele transportó por un momento contagiándolo con su locura. Él le preguntó donde quisiera estar en ese momento y que le gustaría estar haciendo, ella sólo contestó:
Aquí.
Se despabilaron de repente, era la hora de volver a la vida.
La ley se cumplió: subieron y bajaron.
Él trató de describirle el mar. Y ella lo imaginó con nostalgia.
Bajaron abrazados por el ascensor, salieron a la calle y ella levantó la mano. Desde arriba del taxi lo saludó con ojos resignados. Se despedían. Sin saber hasta cuándo.
Ella se fue con el labio partido; el mismo labio que se había mordido sesenta y cuatro canciones antes y él trató de concluir sobre un trivial borrador, uno se de esos borradores con los que uno se vuelve a topar dos años después en un domingo de limpieza; con su lapicera de juguete escribió que: hay personas que escupen al cielo y les cae la saliva en el ojo y personas como ella que escupen al cielo y manchan lunas y que tienen la facilidad de subir a la luna para escupir el espacio.
Por un momento él se sintió tuerto y enano. Al rato, afortunado.
Ella recordó en su silencio que la refugiaba a su beso rompebocas y el diálogo aquél:
- ¿Dónde te gustaría estar ahora? ¿Y qué harías?
- Aquí- Solamente.